domingo, 18 de abril de 2010

Nietzsche y la “fábrica de ideales”


Este texto pertenece a ese gran insulto, a esa trompada certera a la Moral que Nietzsche hiciere entre zaratustras y dionisios: La genealogía de la moral. En un giro estilístico volteriano, Nietzsche abandona el tratado filosófico por un instante y desarrolla este hermoso diálogo, que creo, según mi entender, es una de las grandes síntesis de la critica a la modernidad. La fábrica como metáfora de la cultura, la individualización y la domesticación del hombre como sujeto sujetado, son en cierta manera, la base de los que hoy se entiende por pos-modernidad. Sin entrar demasiado en el tema, os ofrezco el texto que recién acabo de copiar (gauchada mediante) para unos cumpas de la facultad.

Nietzsche y la “fábrica de ideales”

¿Quiere alguien adentrase un poco en el secreto y, mirando hacia abajo, ver cómo se fabrican ideales en este mundo? ¿Quién tiene el valor para ello?...¡Vamos! Aquí está franca la mirada a este oscuro taller. Espere un momento, Sr. Listillo y Atrevido: sus ojos tienen que acostumbrarse primero a esta luz falsa y cambiante…¡Así! ¡Ya es suficiente! ¡Hable ahora! ¿Qué sucede ahí abajo? Diga qué ve, hombre de la más peligrosa curiosidad; ahora soy el que escucha.
−«No veo nada, pero oigo tanto mejor. Es un sigiloso y maligno rumorear en voz baja, un cuchicheo que viene de todos los rincones y esquinas. Me parece que se miente; una azucarada suavidad se pega a todos los sonidos. Se trata de hacer pasar mentirosamente la debilidad por mérito, no hay duda, es como usted decía».
−¡Siga!
−«Y la impotencia, que no paga con la misma moneda, se hace pasar por “bondad”; la bajeza miedosa, por “humildad”; el sometimiento a quienes se odia, por “obediencia” (a saber, hacia uno del que dicen que ordena ese sometimiento: le llaman Dios). A lo inofensivo del débil, a la cobardía misma en la que tan rico es, a su quedarse a la puerta, a su inevitable tener que esperar, se le da aquí el nombre de honorable, el de “paciencia”, o también el de virtud; no poder vengarse se le llama no querer vengarse, quizá incluso perdonar (“pues ellos no saben lo que hacen, ¡solo nosotros sabemos lo que ellos hacen!”). También hablan del “amor a los enemigos”, y mientras dicen eso se secan el sudor».
−¡Siga!
−«Son desgraciados, no hay duda, todos estos chismosos y monederos falsos de poca monta, por más que estén acurrucados bien calentitos unos junto a otros. Pero me dicen que su desgracia es una elección y galardón de Dios, que quien bien te quiere te hará llorar, y que quizá esta desgracia será una preparación, una prueba, un adiestramiento, o quizá algo más: algún día será recompensada y pagada a un enorme interés en oro, ¡no!, en felicidad. A esto le llaman “la bienaventuranza”».
−¡Siga!
−«Ahora me dan a entender que no solo son mejores que los poderosos, que los señores de la tierra cuyo trasero tienen que lamer (¡no por miedo, de ninguna manera por miedo!, sino porque Dios manda honrar toda autoridad), que no solo son mejores, sino que también “les va mejor”, o que en todo caso algún día les irá mejor. Pero ¡basta, basta! No lo aguanto más. ¡Aire viciado, aire viciado! Este taller en el que se fabrican ideales me parece que apesta a mentira y solo a mentira».
−¡No! ¡Un instante más! Todavía no ha dicho nada de la obra maestra de estos nigromantes que sacan blancura, leche e inocencia de todo lo negro: ¿no ha notado en qué alcanzan la perfección en el refinamiento, cuál es su habilidad circense más atrevida, más fina, más ingeniosa, más mendaz? ¡Preste atención! Estos animales de sótano llenos de venganza y de odio, ¿en qué convierten precisamente la venganza y el odio? ¿Ha oído usted alguna vez estas palabras? ¿Sospecharía usted, si se fiase de sus palabras, que se encuentra rodeado de hombres del resentimiento?...
−«Entiendo, abriré bien los oídos otra vez (¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, y me taparé la nariz). Ahora oigo lo que decían con tanta frecuencia: “Nosotros los buenos, somos nosotros los justos”, lo que exigen no lo llaman pagar con la misma moneda, sino “el triunfo de la justicia”: a lo que odian no es a su enemigo, ¡no!, odian la “injusticia”, la “impiedad”; lo que creen y esperan no es la esperanza de venganza, la embriaguez con la dulce venganza (“más dulce que la miel” la llamaba Homero), sino la victoria de Dios, del Dios justo sobre los sin Dios; lo que les queda para amar en este mundo no son sus hermanos en el odio, sino sus “hermanos en el amor”, y como ellos dicen, todos los buenos y justos del mundo».
− Y ¿cómo llaman a los que sirve de consuelo contra todos los sufrimientos de la vida, a su fantasmagoría de la bienaventuranza futura anticipada?
−«¿Cómo? ¿He oído bien? Lo llaman “el Juicio Final”, la llegada de su reino de ellos, del “reino de Dios”, mientras tanto vive “en la fe”, “en el amor”, “en la esperanza”».
− ¡Basta! ¡Basta!


Nietzsche, Friedrich, La genealogía de la moral, B.G.P. Barcelona, 2002. I. 14.