sábado, 17 de abril de 2010

Cobos y la Lotería en Babilonia


La edad moderna trajo consigo el ordenamiento jurídico de la sociedad, es decir, el Estado moderno. O si se quiere, el Estado trajo consigo el ordenamiento jurídico. No importa qué está primero, lo importante es que el nuevo orden legal estatal tiene (supongo), el monopolio de la violencia física. Como dice Foucault, la “estatización de la justicia” (La verdad y las formas jurídicas).

Ese monstruo frío, racional y violento, ese Leviatán, ese Príncipe centáurico, mitad animal, mitad racional, impersonal, normativo, vino para ordenar la sociedad civil, es decir, para ordenar el nuevo capitalismo tradicional que estaba floreciendo. La organización normativa, la positivización de las leyes, la mediación legal en las relaciones sociales significaron un cambio radical en la organización política de la sociedad. En esta nueva organización la autoridad es la Ley. El rey, el monarca tienen sus límites y lo político debe resolverse dentro de la ley. Las normas escritas constituyen la base para la organización. La constitución nacional de un país es el marco jurídico de la organización política.

Ahora imaginemos que la ley es interpretada de diferentes maneras. Quizás, existan varias interpretaciones para una misma ley. Imaginemos una organización donde los menores de 30 años con secundario completo interpretan que la mayoría absoluta de una cámara es el porcentaje de diputados o senadores sentados en sus bancas. Esta interpretación es válida porque el jefe del cuerpo tiene el atributo de quitar y agregar asientos. La norma es absolutamente válida. Si hay tres asientos disponibles, dos miembros sentados son la mayoría absoluta.

Imaginemos que la mayoría absoluta de una cámara es interpretada como la mayoría de los presentes, inclusive mozos y asesores, y no como la mayoría de la totalidad de la cámara. Si la totalidad de la cámara son 10 miembros, y en una sesión faltan 9, entonces la totalidad de la cámara sería una sola persona. El quórum estaría garantizado en los días en que el jefe del cuerpo decide quitar 9 de los 10 asientos para limpieza o reparación.

Imaginemos que los días de lluvia, la mayoría absoluta de la cámara sólo se consigue con la mayoría de los presentes con paraguas rusos. Los paraguas argentinos no tienen validez en la sesión. Sería válida la mayoría absoluta. Con un voto se puede reformar una Constitución.

O imaginemos que la mayoría absoluta se decide por el peso físico de los presentes. Se instala una gran balanza, y de un lado y del otro se deciden la mayoría absoluta. El cuerpo que pesa más tiene la mayoría absoluta. Una parte del sindicalismo tendría gran poder de convocatoria y serían grandes constitucionalistas.

Quizá, otra interpretación acerca de qué es mayoría absoluta en la totalidad de una cámara, sea aquella por la cual, los miembros presentes sólo existe para aquellos espíritus superdotados que pueden verlos. La mayoría absoluta estaría compuesta por espíritus caídos en desgracia, pero la comunicación con estos espíritus sería inexistente. La mayoría existe, pero es inaplicable.

Imaginemos que la misma interpretación es ley y que cualquier interpretación es valida jurídicamente. En ese caso, la constitución se llamaría La interpretación. Inclusive existirían carreras universitarias de interpretación. La hermenéutica seria la disciplina por excelencia de la sociedad. El derecho sería un apéndice, un renglón interpretativo de la Gran exégesis. Existiría una plaza llamada Interpretación, una avenida llamada “Interpretación”, una estación de tren llamada “interpretación”. Una sociedad donde la interpretación es ley, el orden y el desorden no tendrían sentido. El gobierno y la anarquía serían sinónimos. Inclusive la interpretación no tendría sentido sino como ley. Perdería su esencia. El llanto y la alegría serian sinónimos. La traición y la fidelidad no tendrían sentido. El amor, el odio, las lágrimas…

(Este pequeño relato es una interpretación liviana del cuento de Borges: La Lotería en Babilonia)